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31 octobre 2008, JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN, ABC.Es

Los personajes que pueblan el fascinante bosque de vidas que Robert Lepage hace crecer en «Lipsynch» buscan algo: el perfil de la madre desconocida, las palabras del padre en una película muda, la propia identidad tras una infancia hecha trizas, un rastro de risas… El gran creador canadiense despliega el mapa de esas existencias de forma rizomática, un punto de contacto entre una biografía y otra abre la puerta de un nuevo universo personal. Y todo ello sobre la espina dorsal de un melodrama sobrecogedor y, al tiempo, desarrollando a una indagación sobre la voz, el habla y el lenguaje humanos y sus manifestaciones diversas en vivo o reproducidas: el llanto, el teléfono, el canto, el doblaje de películas, la radio, el discurso interior…

El espectáculo en el que colaboran la compañía Ex Machina y Théâtre sans Frontières tiene dimensiones totalizadoras por la integración de múltiples medios y formas escénicas, y ahí, por su planteamiento y desarrollo, alberga alguna onda de proximidad con la versión de «2666» de Roberto Bolaño que montó Alex Rigola. «Lipsynch» es un todo deslumbrante por su aparato escénico multidisciplinar de gran belleza, que apabulla y maravilla, pero también, y eso es lo esencial, porque todo ello está puesto al servicio de las emociones rimordiales de las historias que lo habitan. Teatro complejo, descomunal y también limpio, sencillo, purísimo, que viaja al tuétano de la condición humana en un itinerario de búsqueda y redención que pasa por Quebec, Alemania, Londres, las islas Canarias y Nicaragua, y en el que se escuchan diálogos en alemán, francés, español, inglés e italiano.

Nueve actores de versátil musculatura interpretativa se multiplican en este montaje de casi nueve horas de duración (incluidos cinco intermedios) estructurado en nueve actos, cada uno con el nombre del personaje que lo protagoniza. En todo ese tiempo, hay, claro, algún momento en el que la intensidad decae, alguna transición escenográfica prolongada y tal vez algún rodeo innecesario, pero aún así es soberbio. No queda espacio para detenerse en el poblado ramaje argumental, solo una recomendación: no se lo pierdan

 
 
 
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